DBT S.A. —la firma que durante décadas operó bajo la marca Cramaco— comunicó el despido de 35 trabajadores de su planta local, equivalente a casi el 90 % de su plantilla.
El anuncio, formulado en una reunión convocada abruptamente, consagró el cierre de la producción local de generadores y alternadores eléctricos, una decisión que la empresa justificó por la caída de la demanda en un contexto de fuerte contracción del mercado interno.
Ahora, la producción nacional será reemplazada por la importación de unidades desde China: los generadores saldrán de puertos, bajarán de contenedores y se trasladarán por camión para su distribución interna en Argentina.
Un golpe que trasciende la fábrica: el impacto en Sastre
Sastre, una localidad de poco más de 6.000 habitantes, siente el sacudón con crudeza. La planta nunca fue cualquier empresa: durante décadas fue un motor económico central, sostén de numerosas familias y un emblema de la industria santafesina.
La pérdida masiva de empleos no recae solo en los afectados directos: comercios, proveedores, servicios y toda la cadena ligada al consumo local seguramente sufrirán el efecto dominó. En un pueblo chico, cada puesto importa.
Quienes conocían la planta recuerdan que, en septiembre de 2024, ya se habían registrado desvinculaciones (16 trabajadores), en medio de un derrumbe de ventas y un stock acumulado que no se movía.
¿Qué hay detrás de la decisión? De la producción nacional a la importación
Según los propios trabajadores y fuentes gremiales, la causa principal detrás del cierre es el desmoronamiento de la demanda interna, sumado a una competencia –atribuyen– de productos importados. En 2024, la planta tenía más de 120 generadores listos y apenas vendía entre 10 y 12 mensuales, lo que evidencia una producción sobredimensionada para el mercado.
Además, la reconversión apunta a reducir costos: importar los generadores y alternadores resultaría, según DBT, más rentable que fabricarlos localmente. Esa decisión, sin embargo, condena a decenas de familias a la incertidumbre.
El caso de Cramaco —una firma con tradición desde 1947— deja al desnudo lo que muchos temen: una industria santafesina en retirada, presa de cambios estructurales abiertos a la importación y a la pérdida de mano de obra calificada.
El cierre en Sastre no es un hecho aislado: se enmarca en una tendencia creciente de ajuste, despidos y cierres en el sector metalmecánico e industrial de Santa Fe y la región. La presión de costos, la baja de demanda, la apertura a importaciones y un mercado interno deprimido configuran un combo letal para muchas fábricas que alguna vez fueron motor económico.
Para los trabajadores, la urgencia ahora es doble: exigir medidas de contención e incentivar políticas que promuevan la producción nacional. Pero también enfrentar un mercado laboral que, en muchos casos, parece cerrado o reconfigurado.
La comunidad de Sastre y su legado industrial atraviesan una encrucijada: la de sostener la esperanza de una reconstrucción o resignarse a una realidad de despidos, importaciones y pérdida de identidad productiva.
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